martes, abril 15, 2014

Que nadie te haga dejar de bailar

(Post originalmente publicado en WeLoversize)

Tuve un novio al que le avergonzaba profundamente que yo bailara en el Eroski.


Así es, señoras y señores, damas y caballeros, público en general: no puedo resistir la urgencia a bailar en a) supermercados b) tiendas por departamentos c) bares, bistros, cafeterías d) cualquier lugar susceptible de emitir música vía altoparlantes. No puedo evitarlo. Escucho música y tengo que bailar. Empiezo moviendo los hombros, luego viene la cintura y casi siempre el espectáculo termina en morritos y puños apretados. Me gusta bailar. Y es algo que yo no he elegido, como tampoco elegí ser zurda ni elegí este pelo inmanejable. Simplemente me tocó ser así.

 Pero cuando bailas en el supermercado (ahí entre los botes de aceitunas y los berberechos) y la persona con la que has elegido compartir no sólo la compra, sino la cama (y más importante aún, tus inquietudes y tus defectos) te mira con vergüenza ajena y te dice bajito, ¿puedes dejar de hacer eso, por favor? es muy probable que dejes de bailar. Y no sólo de bailar: es muy probable que dejes de hacer un montón de otras cosas, y que empieces a creerte que eres una versión de ti misma que otro se ha inventado.


¿Correr una 10K? Imposible. Con mi mala pisada y mi torpeza natural una 10K está fuera de lugar, oiga usted. ¿Escribir un libro? Por favor. El Quijote ya está escrito y mejor libro que ese no se va a escribir jamás. ¿Ir por la vida sin flequillo? ¿Te has visto acaso la frente, hija mía? Y así… y así. Y es que el amor o lo que crees que es amor nos vuelve a veces así: gilipollas. Y te vas desprendiendo de retazos tuyos, tus realidades, tus sueños; y los dejas por ahí, como quien pierde una pinza para el pelo o el recibo de la compra. Hasta que un día te levantas de la cama, te miras al espejo y la persona en el reflejo lleva un pijama que tú nunca hubieras llevado y un flequillo que tú nunca hubieras tenido. Es en ese momento, en la vulnerabilidad de la mañana—¡escucha siempre a tu yo vulnerable de las siete de la mañana!— que piensas, yo molo más que esto. Y empiezas a molar más. Y si molar más significa desprenderte de esa gente que siente vergüenza ajena, pues oiga. Que nadie se interponga entre ti y tu magnificencia.

 Hace unas semanas corrí una 10K. Llevo tres meses trabajando en un libro. Mi flequillo inexistente me queda de puta madre. Y bailo cada vez que puedo, así esté sentada en la oficina con los cascos puestos y el excel en la pantalla. Porque es importante bailar cuando escuchas música, pero lo que es en realidad indispensable es que escuches siempre, y bailes siempre (y que no dejes que nadie apague) la música de tu corazón. Y si encuentras a alguien que sepa escuchar tú música y te haga los coros, pues mira: te has encontrado a un compañero de baile chupi guay.

jueves, abril 10, 2014

4 razones para no salir del armario

Llámalo armario. Llámalo un amigo. Llámalo una prisión. Tu pareja de toda la vida. Llámalo cárcel. Llámalo la ciudad en la que vives, tu trabajo de nueve a seis, tus costumbres y tus dogmas. Llámalo una jaula muy pequeña. Una vida poco satisfactoria. Tus días que son fotocopias de todos tus otros días. Llámalo como quieras. 

Y es que no, señora, no: no hay que ser gay para vivir en un armario.
Seguro que tienes el tuyo.
Y por mucho tiempo creerás que viviendo ahí se está de puta madre. 


Porque te acostumbras. 
Una mañana lluviosa te encerrarás en un armario feo porque está seco y calentito. Dejará de llover y te dirás, ¿para qué voy yo a salir de aquí? Ya estoy acostumbrado, y romper con las costumbres está muy feo, oiga. Te autoconvencerás de lo cómodo que se está en tu agujeroMira, oye: En tu armario no entran todos tus zapatos. En tu armario no entra ni medio invitado. Tu armario huele a loco, y es que hay que abrir puertas y ventanas de cuando en cuando porque la vida nunca -escucha- nunca es de puertas para adentro.

Pero tú crees en tu armario. 
Y lo dices henchídísimo de orgullo: Oiga, yo creo en estas paredes, aunque seas un humano infeliz y tronchado en ese espacio reducido. Déjame ilustrarte: tus creencias no te hacen mejor persona. Al contrario, te hacen una persona peor. Tus creencias no son más que opiniones que consideras absolutas y que te niegas a discutir con los demás. Si prefieres tus principios a tu felicidad, sinceramente, te mereces tu mierda de vida. 



Pero así lo has planificado. 
Y dirás, yo he escogido mi armario. así lo he planificado. NO. La vida no es como la planificas, y eso, déjame decirte, es un puto regalo. La vida es hoy, este instante, este micromomento y tú estás escogiendo pasarlo metido en una jaula. Mientras no te dejes sorprender la vida seguirá siendo esquinas oscuras y polvo pegado.

Y es que tienes miedo. 
Y aceptarás, en voz bajita, que dentro estás seguro y que afuera te pueden herir. Pero date cuenta: Todo en la vida te va a herir. En un momento u otro, sin preámbulos ni aviso. Hay que soportarlo, y hay que encontrar aquello que lo merezca. La mayoría de miedos, además, están en tu cabeza. Es la belleza y el maleficio de estar hecho de sentimientos.

Y es que todos tenemos nuestro armario: ese lugar en apariencia seguro donde, sin darnos cuenta, nos estamos matando. Abrir las puertas no es fácil. A veces necesitas que las abran por ti. A veces necesitas derribarlas a golpes. A veces necesitas construirte tu propia llave, a veces necesitas saltar por la ventana sin mirar atrás.


Porque un día (y ese día llegará), sin consultar el tiempo, saldrás del armario.
Te separarás.
Renunciarás.
Te mudarás.
Te irás.

Y te irás sólo para volver: volver a quien eres en esencia. Volver a ser esa persona contra la que nunca debiste luchar. Volverás para dejarlo todo atrás, porque sólo abandonando tus armarios esos que creías indispensables descubrirás la verdadera libertad. 

martes, marzo 25, 2014

Top 5 malas citas que hay que tener

Es una verdad irrefutable:
Yo tengo que haber sido la peor cita de un montón de gente. 
Hola amiguitos: me llamo Mariella, tengo (casi) 34 años y llevo acumuladas una recatafila importante de malas citas con el sexo opuesto. 


Este es el momento en que mi mamá salta del sillón y me manda un whatsapp para decirme todo lo maravillosa que soy (¡gracias mamá!), pero soy como soy y no vamos a engañar a nadie. En mi defensa diré que los casi diez años de monogamia que padecí junto a un puñado de hombres arruinaron por completo mis habilidades sociales, volviéndome una completa analfabeta en el arte de afrontar con bravura el horror que es relacionarse con un ser humano nuevo y limpitoY en mi defensa diré también que no he sido siempre yo el adefesio: he salido con mucho adefesio también. #marielladignidad

Cita mala que hay que tener Nº1: El ilusionista. 
Despertarás un sábado pensando en él. La noche del viernes fue soberbia, sin esfuerzos: él te hizo sentir cómoda poniendo su mano sobre las tuyas, nerviosas, y tú le hiciste reír con tus chistes malos y políticamente incorrectos. Hueles las sábanas: todavía huelen a él. Descubres que eso de las mariposas en la barriga es un sentimiento real y esperarás a que te llame, como dijo que haría al despedirse. Se lo tragará la tierra sin dejar rastro alguno en el universo y te sentirás como el día en que descubriste que Papa Noel no existe. Deséale lo peor.

Cita mala que hay que tener Nº2: El Sordomudo Selectivo. 
Irás al café que él ha escogido y te contará su vida en plan Gran Hermano con máximo nivel de detalle. Te interesarás por sus hermanas. Te reirás de sus anécdotas. Entrecerrarás los ojos y dirás ajá ajá ajá. Luego tú le contarás de tu trabajo y él asentirá. Le contarás de tu familia, tus amigos, tus inquietudes y asentirá. Le contarás de tus sueños y asentirá. Le contarás que a la tierna edad de cinco años fuiste secuestrada por una banda de respiratorianos y que desde entonces sólo te alimentas de aire y Big Mac con queso, y asentirá. Tu negarás rotundamente. Next.

Cita mala que hay que tener Nº3: El Producto Recomendado 
Sólo de oferta esta semana con tu chapita premiada. Te lo habrá recomendado tu prima, tu amiga, tu abuela, tu verdulera. Te habrán pormenorizado sus infinitas virtudes hasta tal punto que tú te habrás imaginado a ambos unidos hasta la eternidad por un vínculo inquebrantable: una hipoteca. Luego de intercambiar unas cuantas frases te darás cuenta de que has pasado los peores cinco minutos de tu vida junto a este incordio de ser humano y que preferirías ver el pasto crecer antes de que te siga succionando la vida del cuerpo. Llamarás a tu verdulera: ¿En qué carajos estabas pensando? Hasta te habías depilado. 


Cita mala que hay que tener Nº4: La mujer barbuda. 
Tras el velo obnubilador de las cervezas él te encantará. Se habrán dado unos cuantos besos (de esos largos y tiernos, bonitos) y habrás decidido que hay que encamarse porque ambos se lo merecen. Te irás a la cama con un tremendo hombre mega recio y chim pum pam se transformará de pronto en una niña adolescente y de voz muy aguda que gime como actriz porno (del porno malo) y tú ni siquiera te habrás quitado los pantalones. Te sentirás confundida porque no sabrás si te gusta o no y lo mandarás a dormir a su casa porque quien con niños se acuesta mojado amanece. Hombre ya. 

Cita mala que hay que tener Nº5: El adolescente. 
Dirás vamos a experimentar y saldrás con alguien que aún no había nacido en Barcelona 92 (y tú tienes que hacer mucho scroll para encontrar tu año de nacimiento). Le contarás que fuiste a ver a Chris Cornell y te preguntara si es tu abuelito. Por un momento será misterioso. Por otro momento será divertido. Por otro momento será un subnormal. Sentirás que has salido con diez personas diferentes, cada cual con su monólogo bien ensayado, y pedirás la cuenta por favor, porque tú ya estás muy mayor para estar con alguien a quien tengas que descifrar

Después de esas malas citas (y de las peores, y de las que terminan en friendzoneo inmisericorde) llegarás a casa, te bajarás de tus tacones, te desmaquillarás y estarás contentísima de acostarte con una persona increíble esa noche: tú. Porque para eso sirven las malas citas: para reafirmar tu magnificencia. Para qué, si no. 

Epílogo
A la mañana siguiente saldrás con la cara lavada a desayunar. Te sentarás a leer en tu mesa favorita, la de la esquina, y será chorreando el café sobre las páginas de tu libro que lo conocerás. Te preguntará qué lees. Te dará igual el bizcocho pegado en tus dientes y tu pelo sin lavar, y le responderás. Le preguntarás si quiere tomarse un café contigo y dirá que sí, pero que en otro café, porque hoy el barista me ha odiado. Creerás en la química desposeída de leyes y fórmulas, y pensarás que quizá hoy puedas convertirte en una cita de puta madre.

miércoles, marzo 12, 2014

Carta a Camila, año 2025

Linda Camila, a tus dieciocho años:

Hoy, en 2014, tienes seis y eres fantástica y lo sabes.
Pero a los dieciocho quizá te hayas olvidado. 
Pero yo veo en partes lo que tú ves (porque soy tu Hada Madrina, y las Hadas Madrinas tenemos además de escobas voladoras poderes supermágicos para ser viajeras en el tiempo) así que voy a recordarte a quién conozco yo.


BAILAS.
Bailas frenética y desacompasada no porque seas buena, sino porque te encanta hacerlo. Eres la mejor en matemáticas, sí, pero las esferas donde destacas no te impiden moverte en las esferas donde no, pero que te fascinan. Nadie baila como tú.

CONOCES LA BELLEZA. 
Cuando dices que algo te parece precioso no lo dices por su apariencia o por la ausencia de defectos o limitaciones. Lo dices porque te hace sentir mariposas en la tripa. No olvides esto al juzgar la belleza del mundo: no lo olvides al juzgar la tuya propia.

LE HACES CASO A TU MAMÁ.
Porque ella siempre tiene la razón: incluso cuando está cansada e incluso cuando se equivoca. Sabes que es una verdad irrefutable: no hay nadie en el mundo que te quiera con más amor y menos egoísmo que ella. Además merece una estatua porque te parió (y pesaste casi cuatro kilos, desgraciada).

TE CEPILLAS LOS DIENTES TRES VECES AL DIA.
Las endodoncias son lo peor. Cepíllatelos.

AMAS A TU HERMANO
Dices Fernanito Fernanito Fernanito y lo besas y le cantas. No te olvides de quererlo siempre así. Los hermanos son esos amigos que la genética te autoimpone no te los puedes quitar de encima ni a palos lo cual es, creas o no, un regalo: ellos son esos lazos invisibles hacia tu pasado; hacia quien eres en verdad y hacia quien siempre quisiste ser.

ERES UNA BUENA AMIGA. 
Eres la mejor amiga del barrio porque les das helados a todos cuando hace calor y no llevas la cuenta de cuántos helados te deben sino de cuántas horas quedan para seguir jugando. No olvides nunca esta repartición amnésica.

CORRES Y TE CAES. 
Tus piernas llenas de raspones y heridas te mantendrán lejos de Miss USA pero cerca de tus sueños. Te caes de los árboles, te haces daño y te duele, pero sabes que sacudiéndote las rodillas puedes volver a intentarlo: con una mejor estrategia, con las rodillas fortalecidas. Las estatuas inmóviles no llegan a la cima de los árboles. Sigue siendo tenaz.

IGNORAS A LOS ESTÚPIDOS. 
Los miras con esa cara de y a ti quién te inventó, te das la vuelta y te vas. Sigue haciéndolo.

SABES QUE EL CAMBIO ES POSIBLE. 
Ayer querías ser baterista, hoy profesora, mañana artista. Sabes que en la vida no hay nada definitivo y que los cambios son posibles si los enfrentas con valentía. Sí, a veces no consigues eso que quieres. Sí, hay puertas que se cierran, infranqueables. Pero crees siempre en tus planes, y haces lo que haya que hacer para volverte eso que sueñas ser. Como tocar las ollas de tu cocina con los palos de tejer de la abuela hasta lograr el downbeat perfecto.

Así que recuerda: en los momentos donde quieras echarte las dos manos a la cabeza, en esos días confusos y grises, recuerda todo lo que a los seis ya sabías. Porque tú mereces ser quien eres ya, así que sueña como la niña que fuiste y construye como la adulta que eres. 

Tu Hada Madrina
Quien, a los 45 (regia y dignísima) espera haber también aprendido todas estas cosas que supiste enseñarle desde el día en que naciste. Porque ella tampoco quiere olvidar.

martes, febrero 25, 2014

No tienes arreglo (no lo tienes)

Te sentará un día y te venderá la moto. Te dirá que, más que quererte por lo que eres, te ama por lo que podrías llegar a ser. Que sí. Que estás muy bien, pero que podrías estar mejor, y que para llegar a ese hipotético tú te recomienda un poco de arreglo

Déjame decirte algo: TÚ NO TIENES ARREGLO. 


No lo tienes. Pero lo intentarás, porque el amor a veces te vuelve subnormal. Intentarás dejar de bailar en Zara cuando la música de fondo te ponga así. Dejarás de lado tus listas de cosas raras en el mundo, como alfombras en las cocinas o humanos que defienden votar a los ladrones de siempre. Te sumarás a las manadas que se arrastran en caravana por autopistas congestionadas ¡es tan fácil cuando alguien más te traza el camino! y no te permitirás quejarte cuando el destino sea un adefesio gris y no la playa bonita que esperabas.  

No tienes arreglo pero seguirás intentando arreglarte, como si fueran un Datsun viejo al que hay que reemplazarle los amortiguadores. Harás caso cuando te digan que ya estás muy mayor para algunas cosas y olvidarás eso que escuchaste de que somos todas nuestras edades al mismo tiempo, niños y ancianos, adolescentes. Intentarás vivir como vive la mayoría de gente: haciendo lo justo y dejando poco rastro, y los sábados por la tarde te concentrarás mucho en la tele para no pensar que la vida desde el sofá es bastante aburrida. 

Pero tú no tienes arreglo y no tienes por qué tenerlo. Despertarás una mañana de febrero luego de una noche inmóvil, sin haber rodado al lado frío de la cama (ese placer gratuito) y dirás ¿y yo dónde carajo estoy? Y dejarás ir a esos que te quieren arreglar como quien pasa por el quirófano para quitarse el apéndice: dolorosa, pero necesariamente. Total, el apéndice no sirve para nada. Te dirá, no querré a nadie como te quise a ti. Y te alegrarás, porque tú no le deseas el mal a nadie. Venga ese bisturí. 

No tienes arreglo. Dejarás que te llamen humano viboresco extraño neurótico porque a ti no te cuesta admitir tus realidades. Hablarás más y escucharás menos. Tomarás tu café como te venga en gana porque es tu café y no pondrás tu vida en orden porque es tu desorden. Y aunque intenten arreglarte de diferentes maneras no lo podrán conseguir ya que ir sin disfraz por la vida es tu único salvoconducto. Pensarás que eres como el sushi: un gusto adquirido, y no pedirás disculpas por ser quien quieres ser ni barrerás bajo la alfombra las rarezas que te estimulan. 



Y sí — te volverás a enamorar de la única manera en la que hay que hacerlo: como un imbécil. Te dejarás transformar, porque en pareja se iluminan cualidades y defectos tuyos que la soledad esconde. Pero recuerda: no te enamores de alguien que te quiera arreglar. Para remiendos, los rotos y los dobladillos. 

De nada. 

The mass of men lead lives of quiet desperation — Henry David Thoreau

viernes, febrero 14, 2014

El amor en los tiempos sin #hashtags

En 1998 la compañía de teléfonos BellSouth sacó una promoción irrepetible con la que podías hablar sin límite de minutos a cualquier destino BellSouth desde la medianoche hasta las seis de la mañana. Fue así como me enamoré de él esa primera vez: manteniendo conversaciones eternas encerrada en la lavandería de mi casa. 

Pero YA NO, PUES. 


Ha llegado el momento de superarlo: mientras en los 90s él me preparaba cassettes con sus mezclas de Aerosmith y Lisa Loeb, hoy en día #todo #el #mundo #habla #así #instagood #blessed #likesforlikes y yo no sé por qué: la vida se ha vuelto confusa y el amor, junto a ella, ha cambiado

Déjame que te cuente, veinteañero, cómo era el amor en los tiempos sin hashtags y las cosas que, con ellos, hemos perdido. 

PRIMERA PÉRDIDA: LA IGNORANCIA
Cuando me enamoré de él en los 90s nos creíamos: si él no mencionaba a sus ex pues ellas no existían, y si yo le contaba que era campeona intergaláctica de yan-kem-po pues me creía también. Ejercicio Práctico: Conoce a alguien y no lo googlees. No lo agregues a Facebook. No le destripes el pasado ni compares tus horripilancias con las horripilancias de sus ex, cuyas fotos aún pululan por ahí. Cuenta cuántos días puedesHombre ya. 


SEGUNDA PÉRDIDA: LA MESA PARA DOS
Fue con una hamburguesa chorreando tomates y ketchup que él se enamoró de mí. Descubrió rápidamente que yo no era subnormal y de que mis paranoias, lejos de aburrirlo, le parecían entrañables. Saliamos a comer y él salía conmigo, no con su iphone, y es que si hoy sales a comer con alguien, es importante que mientras lo hagas revises cientosiete veces tu Instagram para ver si alguien le dio like a la foto de tu hamburguesa chorreando tomates y ketchup. 

TERCERA PÉRDIDA: LA CALIGRAFÍA
Nos separamos porque éramos niños y porque se fue a otro país. Pasó poco tiempo y empecé a recibir sus cartas... ahsus cartas. ¿Quién recibe ahora correspondencia aparte de los estados de cuenta del banco y de su AFP?  Solían llegar los martes y yo ya reconocía perfectamente su letra feliz y su letra alterada, Me hacía dibujos que me hacían reír, y me enamoré de él nuevamente cuando dedicó una hoja entera a un post data pequeño, pero enorme: Te extraño. ¿Y tú? Ejercicio Práctico: Pídele a tu humano importante y a 5 de sus amigos que escriban tu nombre en un papel. Intenta adivinar cuál letra es la suya. Seguro te equivocarás. 

CUARTA PÉRDIDA: LA PRECISIÓN
En 1998 mandar un SMS costaba (y no costaba poco) por lo que tenías que planificar creativa y cuidadosamente tus palabras: 160 caracteres no daban para mucho, y fue siendo concisa que nos declaramos enciclopedias de amor. Ejercicio práctico: Suma cuántos monos y sevillanas tienes en tu whatsapp. QED. 

QUINTA PÉRDIDA: LA SUCIEDAD
Cuando él y yo nos dejamos, todas las veces que nos dejamos, nos esperábamos en la puerta de un bar y lo único que llevábamos encendido era un Marlboro. Nos tuvimos que decir adiós a la cara: El me dijo que lo único que le gustaba de mí era lo mucho que lo quería y yo le tuve que decir que era hora de que se marche, porque cada vez que se iba era sólo para volver, y había vuelto demasiadas veces. Romper un corazón por Skype, en cambio, evita que te salpique el chantaje emocional de un corazón triturado y manchado con lágrimas y rímel, y así te quedas limpito, impoluto y en paz con tu asepsia.

SEXTA PÉRDIDA: LA PERMANENCIA
Guardé nuestra foto en la billetera por años, incapaz de quitarla no sólo por amor sino porque la foto, sudada y vieja, se había pegado para siempre al plástico y la billetera era muy bonita como para tirarla. Y así eran antes los recuerdos, dilatados: romper una foto y tirarla con las cáscaras de plátano suponía un desgaste emocional considerablemente mayor a click derecho - seleccionar todo - eliminar.

Y ni qué decir de perderse por callecitas sin nombre y sin Google Maps que te oriente. De escribirte el teléfono de su casa en la mano y no lavártelas en todo el día porque ay de ti si se borra. De inventarte un mundo de preguntas sin que Google te de las respuestas. De nunca hacer check-in y que nadie sepa dónde estás, sólo tú y él, en ese rincón suyo. 

La promoción irrepetible de Bellsouth, en efecto, no se repitió. Bellsouth se vendió a Telefónica y él y yo cambiamos de compañía, volviéndonos incompatibles de aquí a la eternidad. Él  y yo no nos vamos a enamorar el uno del otro nunca más (lo intentamos demasiadas veces), pero igual espero que, donde sea que esté, tenga un Feliz San Valentín. Porque antes nos enamorábamos diferente, pero al fin y al cabo, nos enamorábamos igual: cojudos y esperanzados, sin certificado de garantía ni compromiso de calidad.  

jueves, febrero 06, 2014

Me fui de Lima porque Lima eras tú.

Me dijiste: Es hora de que te marches. 
Y me fui de Lima
Porque Lima eras tú. 


Eras las Cuzqueñas en el Juanito y las madrugadas en el Dragón. Eras esos lugares sin nombre donde caíamos exiliados pasado el amanecer y eras, Larco arriba, los desayunos en Miraflores donde todo acababa sólo para volver a empezar. Eras todos mis suspiros sobre todos los puentes; eras todos mis suspiros de merengue y manjar. Eras la Ciudad de los Reyes y yo, tu invasora ilegal. 

Eras regateo en el mercado de Surquillo y la mejor fruta en cada puesto. Éramos un clásico en vasito de plástico: una mezcla paradójica, un sabor curioso y raro. Eras cine y festivales y el jironeo con más lisura; eras polvo y eras azul; mi príncipe de Palacio y yo, tu Primera Dama. Eras el morado de mis Octubres, el milagro que da el Moreno. Tú eras Lima y yo, la que pedía los deseos en el pozo de Santa Rosa.


Y así como eras la ciudad mirando al cielo desde las playas de Barranco, eras la ciudad mirando al infierno desde el cerro de La Molina. Eras tradiciones prometidas y rotas; un árbol muerto en el Olivar, la actuación más convincente en el Segura. Eras la tierra derramada en la pachamanca y eras el tren parado que esperamos veinte años a que eche a andar. Eras el cuento más viejo de Quilca y el DNI más falso de Azángaro. Eras el circuito de playas y la nostalgia de la hora Inca Kola, inclemente con mis tardanzas, sufrido con nuestro tráfico. Eras Lima y yo sobrevivía en tus calles y tus baches, con tus semáforos rotos, con tu Rímac sin agua, con tu señalización inexistente.


Eras el salto del fraile desde la Costa Verde: ese suicidio necesario, ese final autoimpuesto. Eras un extranjero en mi propia tierra: eras mi barrio chino y mi galleta sin fortuna. Eras un gato callejero del Parque Kennedy, de esos que mendigan amor en cada esquina,  y eras una combi asesina atropellándome vez tras vez. Eras tantas veces el atardecer rojo y caótico de Javier Prado: eras esa neblina bajita y cegadora, eras todas nuestras revoluciones calientes. Eras parque y eras leyenda, y en tu Plaza de Armas cogíamos los rifles y nos disparábamos a morir.


Pero eras también la música de La Noche y el escenario del Delfus; eras la copa de más en Huaringas y el segundo Pisco Sour Catedral en el Bolívar. Eras todas las reses del Queirolo y los macerados extras de Las Brujas: eras mi ritual de Ayahuasca y eras jazmín, galán de noche. Eras el saludo familiar de Doña Grimanesa y la cruz ineludible del morro solar: brillando desde tu costa, alumbrándome las olas. Eras las muertes del Presbítero Maestro y eras mi paz nocturna en alguna calle del malecón, y es que tú eras todas las Limas, y Lima no era nadie más que tú.

Me fui de Lima y ahora vuelvo
Y vuelvo
porque tú eres Lima.

domingo, enero 26, 2014

Le pedimos demasiado al amor

Le pedimos demasiado al amor. 
DEMASIADO. 
Le pedimos que llene todos nuestros vacíos, esquinas y espacios, y en esa larga carta a Papa Noel -sin darnos apenas cuenta-, nos volvemos un extra frustrado en nuestra propia película. 


Y así, tenemos cogido del cuello al amor. 
Le pedimos que sea dulce y guapo;
Compromiso y fidelidad. 
Le pedimos deseo y sexo (y no del montón: del mejor)
Y le pedimos sincronía con nuestros contracciones y sacudidas
Tanto del cuerpo como del alma.

Le pedimos cariño. Demostraciones continuas de afecto. 
Que comparta gustos y aficiones, pero que nos deje nuestro espacio egoísta y privado. 
Le pedimos que sea más y mejor que el amor del resto (esos pobrecitos)
Y que venga pronto, porque el mundo es de las parejas
Y que sea eterno, porque no es amor si no es para siempre.


Y le pedimos promesas. 
Que la fantasía, maldita sea, iguale a la realidad. 
Le pedimos hijos. Vestidos de novia. Un primer vals y una noche de bodas. 
Le pedimos que sea loco, enfermo, insano; pero cuerdo 
y le pedimos que se pase a si mismo el corrector automático -que se busque y se sustituya- cuando no estemos hablando el mismo lenguaje. 

Y es así que vivimos decepcionados y de corazón roto todo el tiempo
Porque el amor está por ahí, en su nube de belleza nivel Photoshop
Y nosotros estamos aquí, cojos e imperfectos, sobreviviendo por la vida con nuestros defectos y nuestros achaques.



Y es que le pedimos demasiado al amor. 
Y somos unos subnormales por hacerlo. 

Yo, cuando te quiero
Te quiero en mi inmensidad defectuosa 
Sin miedo a herirte porque conoces ya mis impactos 
Y reconociéndome en tus paranoias y complejidades 

Y me gusta que me quieras como me quieres 
Subjetivamente 
Protagonista de tu película, y yo de la mía 
Porque tras tu lupa distorsionada no me pides nada 
Pero me quieres, sin decepciones ni prisas.
Y con eso nos basta.

miércoles, enero 15, 2014

Amor de cincuenta

Eleven sus copas y sujétense las enaguas porque mi papá y mi mamá, los tíos favoritos de todos mis amigos, los doctores más solicitados del Perú y balnearios, los grandes y únicos Villanueva Samudio, cumplen hoy 50 años juntos. 

Cincuenta años aguantando a un Villanueva. 

Mamá, por eso, mereces que te hagan no una sino muchas estatuas.

Y ojo que yo quiero mucho a mi papá. Mi papá es fantástico. Pero los Villanueva... los Villanueva somos así. Somos bien esto. Llegamos súper tarde a la repartición de un carácter dócil y llevadero por lo que no hay que enamorarnos, hay que aguantarnos, y es en ese aguante bien apechugado que nos demuestran, infinitamente, aquello a lo que llaman amor.

Pero también tenemos virtudes. Rascando del fondo de la olla yo encuentro dos:

Uno: Sabemos identificar lo que es bueno. 
Mi papá y mi mamá coincidieron en una clase de 150 personas en la Universidad de San Marcos y casi puedo ver, hasta el día de hoy, la línea roja intermitente saliendo de los ojos de mi papá y posándose en mi mamá, tan linda ella, con sus 16 años y su peinado sesentero de un metro de diámetro. Es una verdad inalienable: el único defecto de mi mamá es que no le baja el volumen al teléfono cuando juega al Candy Crush y estoy segura de que mi papá fue capaz de ver tanta maravilla en el minuto uno. Y solo un ojo prodigioso puede identificar rápidamente este tipo de tesoros. 

1963. Mi papá gilea a mi mamá y mi mamá baila porque no le gusta planchar. 

Dos: Perseguimos nuestros sueños. 
Mi mamá apenas le hizo caso a mi papá por los siglos de los siglos amén, se iba de juerga con sus amigas sin avisarle, lo ignoraba un día sí y al otro también, pero mi papá no se bajó de la nube ni un segundo: él fue tras mi mamá como Gargamel tras los Pitufos porque la iba a hacer su novia así fuera lo último que haga. Y lo consiguió, y sólo alguien con gran determinación logra ese tipo de hazañas. 3 años después de conocerla, el 64, mi mamá marcó con un corazón y una flecha el 15 de enero en su agenda. Se casaron el mismo día el 72, y esa fecha ha sido motivo de celebración en mi casa desde que tengo uso de razón.

Así que nada que qué bonitas orejas ni que niño muerto, los Villanueva seremos unos pesados pero tenemos las dos virtudes indispensables para encontrar la felicidad en la vida: identificar eso que nos hace felices e ir tras ello. Y eso, papá, son dos virtudes que tus hijos siempre agradeceremos que hayas transferido a nuestro código genético.

Así que felices cincuenta años, fenómenos. Por los momentos felices y los no tan felices. Por los vuelos y las caídas. Por los momentos en los álbumes de fotos y los momentos en los álbumes del corazón. Por hacernos soñar y por hacernos libres, y por dejarnos encontrar en esa libertad nuestro camino personal (sinuoso, extraño) hacia la felicidad.

martes, enero 07, 2014

Promesas 2014

En el 2013 me morí. 
No fue nada raro: uno en la vida se muere un montón de veces. Casi nunca te das cuenta: te caes, te sacas la mierda, te velas, te lloras tú solito y te entierras. Porque somos seres de un día. Y está bien tener muchas vidas. Hay que morir para enterarse de las cosas.
Así que me morí.
Pero resucité.
No al tercer día, no al décimo. Sólo regresé.  Resucité a mis 33, una edad muy simbólica para volver a la vida. Y cuando a uno le dan una segunda oportunidad uno empieza a ponerse metas importantes para el futuro.

2014, agárrate porque este año: 
* NO me apuntaré al gimnasio
* NO prometeré bajar de peso
* NO beberé menos
* NO me esforzaré en cagarla menos que el año que pasó
* NO aprenderé una nueva habilidad
* NO maduraré ni me volveré una buena samaritana.

Nada de esto es importante ni viene al caso. Porque una puede ser una gorda borracha, inmadura y sin talentos y vivir una vida de puta madre.
En el 2014 sólo prometo estar ahí cuando alguien se muera para ayudarlo a resucitar. 
Porque uno siempre se muere solo, pero resucita acompañado. 

Resucitas la mañana densa al lado de la máquina de café donde no puedes decidirte entre un cortado y un alprazolam y tu compañera de trabajo te pregunta si necesitas un abrazo. Y te lo da sin esperar tu respuesta.

Resucitas cuando tu hermano te dice todo eso que no quieres escuchar, porque aunque tú ya no te acuerdes, él no se ha olvidado de quién eres. Y hace todo lo necesario por hacértelo recordar.

Resucitas cuando tus amigos, esos que viven al otro extremo del continente, te dejan dormir en un tren al que te subiste sólo para ver los tulipanes. Porque ellos saben lo que de verdad importa.

Y dices "no vengas" y viene, y dices "no quiero llorar" y llora contigo porque llorar solo no está bonito, y dices "gracias" y te llama cojuda y te suelta un chiste.

Y un día el chibolo de tu oficina te dice que estás linda. Y al día siguiente te vuelve a decir que estás linda. Y al día siguiente te ves al espejo, y te ves linda.

Resucitas con un whatsapp de madrugada de tu mejor amigo, quien ha decidido hacerte volar 10,000km sólo porque te quiere ver. Porque aunque te hayas ido, él siempre está contigo.

Y tu sobrina grita tu nombre porque no hay nadie más en el mundo con quien quiera hacer guerra de almohadas. Y es jugando a las Barbies bajo la cama que resucitas también.

Y te pones linda y de verde cuando tu mejor amiga, linda y de blanco, se casa con el amor de su vida.  Y le armas la fiesta porque qué hora loca ni ocho cuartos. Resucitas ahí también, porque gracias a ella descubres que te ha crecido de nuevo el corazón.

Y da igual si son vinos, chilcanos o gin tonics. La cosa es tener con quien tomarlos: la gente que sabe abrazarte con el corazón.


Y resucitas con un correo que llega 10 meses tarde en el año pero a tiempo a tu corazón. Porque fue un mal amigo pero al mismo tiempo, el mejor. Y cuanto se toman una cerveza y se confiesan sus mierdas, parece que no hubiera pasado un día desde la última vez.

Resucitas cuando le prestas tu sofá a un desconocido y a cambio te trae Inca Kola y Doña Pepas. Y es en ese intercambio que descubres que la vida aún sabe sorprenderte de las formas más inesperadas.

Y corres. Sin nadie que te diga que no puedes, porque sí puedes.

Resucitas cuando vuelves a rodearte de la gente a la que elegiste para que te ayuden a ser quien eres. La gente que generó contigo tus mejores recuerdos. Y recibes con ellos el año, sin cosas increíbles pero increíblemente.

Y resucitas, resucitas de verdad, cuando ves que te puede faltar todo, pero no te pueden faltar ellos. Porque, finalmente, son ellos los que te hacen volver. Los que adornan tu refrigerador y enderezan tu vida. Los que le dan a todo un significado nuevo. Porque es por ellos por quien merece la pena estar de vuelta.

Es mi promesa 2014. Los gimnasios y las dietas son para los cobardes. 


jueves, diciembre 19, 2013

Las seis personas que todo humano debe tener (o cómo llenar tu álbum de figuritas)

Aquel fue, de lejos, uno de los peores días de mi niñez.
El día que, con artimañas y engaños, me confiscaron mi álbum de la Pandilla Basura.

Años y años de terapia para poder perdonar a las totalitarias de las misses que pretendieron educarme en 1989. Unilateralmente y ¡sin el consentimiento de mis padres! me despojaron de mi maravilloso álbum y se cagaron olímpicamente en mi esfuerzo, mis propinas, mis yalas y mis nolas.

A ver quién puede volver a confiar con gente así en el mundo.


Todas mis colecciones a posteriori han fracasado. Porque tengo miedo de que alguien venga y se largue con mi álbum sin dar explicaciones. Porque confiar en la bondad de los prójimos es un acto de fe del que soy incapaz. Porque quiero celeste sin que me cueste y un álbum sin empeño es eso, un álbum vacío.

Pero a veces miro fotos sueltas. 
De esas que te encuentras entre las páginas de un libro o en el cajón de tus medias.
Y veo que, sin querer, sí que he coleccionado.
Tengo un montón de figuritas en mi álbum. 
Algunas las he conseguido en un martes de esos en que no tienes sueño, porque ninguna historia interesante empieza un día que te acuestas temprano. Otras me han tocado infinidad de veces, repetidas y reincidentes, vez tras vez hasta volverse familiares y propias.

Mi experiencia vital es poco menos que torpe y dispersa, y de la vida sé muy poco, por no decir nada. Pero estoy convencida (y estoy convencida de pocas cosas en la vida, porque todo siempre es tan incierto) que estas son las seis figuritas que hay que coleccionar para tener un álbum Navarrete de la vida de puta madre.

UN EX-NOVIO CON EL QUE JAMÁS -JAMÁS- REGRESARÍAS. 
Y que te recuerde todo lo que has crecido desde entonces. Un ex-novio al que le agradezcas infinitamente que no haya funcionado, porque de otra manera no hubieras aprendido sobre tus verdades esenciales de cara a una relación. A quien de cuando en cuando recuerdes, y eches de menos, pero sabiendo que eso no significa que deba estar de vuelta en tu vida. Figurita repetida no completa el álbum. 



UN AMOR APASIONADO.
Porque así como el mejor lugar para aprender de la vida es en la barra de un bar, el mejor lugar para aprender de uno mismo es en la vorágine de una relación exagerada e imposible.  Porque las extrasístoles y  los infartos son imprescindibles para abrirte el pecho y destaparte las arterias. Para que entiendas lo que es el corazón. Tu corazón. Y para que sepas enfrentar futuras catástrofes coronarias con un corazón entrenado.

AMIGOS CON LOS QUE NO TE ARREPIENTAS. 
Se emborracharon. Hicieron el ridículo en repetidas ocasiones. Se reinventaron una y otra vez buscando convertirse en lo que querían ser. A veces se preguntan cómo pudimos. Pero algunos domingos de invierno te juntas con ese grupo de amigos que te vio hacerte quien eres, y pasarán las tardes recordando cagada tras cagada, aventura tras aventura. Y serán esos recuerdos los que los mantendrán unidos más allá de los matrimonios, los embarazos, los hijos y los divorcios. 



ALGUIEN CON QUIEN NO TE DE PÁNICO SER TU MISMO. 
Porque el día en que aprendas a querer a alguien sin dejar de ser tú mismo será el día en que dejarás de luchar contra quien no puedes dejar de ser, y volverás a ser tú mismo, y te gustarás muchísimo más que cualquier simulacro que alguna vez pretendiste ser.

ALGUIEN QUE CAMBIE TU VIDA PARA SIEMPRE. 
Quizá sea tu abuela de setenta y nueve o tu primita de cinco años. Quizá ocurra mientras ayudes a alguien a morir en paz, una noche cerrada en un hospital, o quizá sea haciendo la cola para pagar en el supermercado, con el papel higiénico en una mano y Ariel Quitamanchas en la otra. Pero alguien, sin que tú se lo pidas, cambiará el curso de tu vida para siempre. Y aprenderás que la felicidad no es un estado esotérico ni cuestión de suerte, sino una elección. Y tú elegirás ser feliz, y recordarás siempre la noche en que a los diecisiete, al borde de una piscina con un cigarro mojado en la izquierda y el shot de tequila en la derecha, te dijeron ¿Arquitectura? Tú qué vas a estudiar arquitectura. Tú tienes que escribir, carajo. 




UN AMIGO QUE TE HAGA REIR (Y TE DEJE LLORAR)
De esos amigos que llenan tus copas y tu vida. Los que que se aparecen en tu casa con McDonalds porque sí, y quienes no te importa que se beban el ketchup y se coman tus papitas. De esos que quizá no te llamen en un mes (porque saben que estás bien) pero que, leales, no se pierden un mal lunes (cuando saben que estás mal). Y aunque no tengan ni idea de cómo consolarte, están ahí. De esos amigos cuyos abrazos funcionan como vendas y yeso cuando te sientes rota por dentro. De esos con quienes puedes ser tu peor versión sin miedos y con quienes te haces mayor, y aunque la distancia física y espiritual los tenga a kilómetros uno del otro, saben siempre estar contigo.

Con mis seis figuritas ya perdoné a las misses de 1989. Porque este álbum, aunque no esté lleno del todo, y aunque me repita vez tras vez preguntas que no sé contestar, está mucho -mucho- mejor. 

lunes, diciembre 09, 2013

Mudanzas

A veces te cansas de vivir en el mismo lugar. 

Todo está estupendo. Lindo. Las plantas de plástico no necesitan atención y están verdes todo el año. Los muebles blancos e impolutos hacen parecer más amplios los interiores. Tu refrigeradora es una refrigeradora adulta, dignísima, y tu compra semanal se mantiene a la temperatura perfecta.


Pero nada de esto viene al caso. Porque necesitas mudarte. Porque estás mal hecho y porque has comprendido que quienes más necesitan mudarse son aquellos que no saben por qué necesitan mudarse.

Y meterás tu vida entera en cajas. Desordenarás y buscarás. Encontrarás cosas que pensabas que habías perdido, y te reencontrarás con alguien que habías olvidado: encontrarás cosas que pensabas que habías tirado, y las tirarás de nuevo, esperando no encontrarlas más.

Y te mudarás a un lugar nuevo, y recordarás que los espacios ajenos aparentan siempre ser mejores que los propios, y es que te habrás mudado a un lugar LLENO de problemas nuevos. Donde el pelo atasca la ducha. Donde las ventanas cuelan el frío de afuera. Donde no te sientes en casa.

Y te arrepentirás, y querrás volver a donde estabas. Al irresistible sabor de lo familiar. A ese lugar que conocías y cuyas esquinas dolorosas sabías esquivar. A ese lugar con clavos en las paredes cubiertos por cuadros y manchas en el suelo tapadas por alfombras.

Pero no habrá vuelta atrás, porque te has mudado. 

Pasarás días largos golpeándote los huesos con esquinas nuevas y haciéndote a tu nuevo espacio. A tu refrigeradora nueva, llena solo de cerveza y agua tónica. A tus plantas nuevas, esta vez verdaderas y vivas, a las que habrá que regar para que no mueran. Te inventarás una rutina nueva, te encontrarás más fuerte, te levantarás una mañana y harás cosas que suponías imposibles. Y descubrirás sin miedo los inesperados lazos que se cuecen entre dos desconocidos. Una mañana descubrirás las salpicaduras de un Ribera del Duero que ahora cubren tu sillón. Y no te importarán, y no le darás la vuelta a los cojines para taparlas.

Y aprenderás que la vida hay que vivirla con puntos de exclamación. Y que hay que mudarse, porque los espacios nuevos son esos lugares donde, sin buscarte, te encontrarás. 



Apuntes de mi mente desordenada:
¡También me he mudado de casa! Ahora vivo en el centro de Madrid, entre Atocha y Delicias, en un piso con terraza ideal para desayunos de día y cigarritos de tarde. Porque uno también se muda por dentro.


martes, noviembre 05, 2013

De todo eso que aprendes a asumir cuando cumples 30

Cumplirás treinta.

Esa mágica edad en la que eres lo suficientemente mayor como para captar referencias de los 80s pero lo suficientemente joven como para saber quién es One Direction. De la noche a la mañana el culo y las tetas se te caen y en dirección inversamente proporcional se te ensancha el autoestima muy hermosamente.
Y es que es a los treinta cuando aprendes a asumir ciertas verdades inmutables del universo.

APRENDERÁS A NO ABRIRLE LA PUERTA A CUALQUIERA EN TU VIDA. 
A los veinte tu vida es como el show de Laura Bozzo: siempre dejas pasar al desgraciado. A los treinta aprenderás que a la gente que sólo aporta confusión no hay que dejarla entrar ni a tu Whatsapp. Aprenderás que los amigos verdaderos son aquellos que te quieren cuando menos querible eres y que siempre te encuentran cuando más perdida estás. 



APRENDERÁS QUE LA VIDA NO ES JUSTA. 
A los veinte crees que hay una mano invisible que ordena el mundo y le da a cada cual lo que merece. A los treinta aprenderás a asumir que el karma no existe: que a los buenos les puede ir muy mal y que ese chico que te hizo tanto daño será muy feliz y morirá plácido en una cama tibia como la viejita del Titanic. Aprenderás a perdonar con sinceridad.



APRENDERÁS QUE TU MAMÁ TENÍA LA RAZÓN EN UN MONTÓN DE COSAS. 
Sólo que con veinte no tienes la sabiduría suficiente para comprenderlo. A los treinta lo comprenderás. Y muy probablemente (para bien o para mal) te convertirás en ella. 



APRENDERÁS QUE SI NO TIENES PAREJA, NO ES QUE TÚ TENGAS ALGÚN PROBLEMA. 
Simplemente no la tienes. Dejarás de perseguir a gente a la que no le interesas y no te sentirás en lo absoluto loser si pasas la noche del sábado solo con tu buen amigo Cabernet Sauvignon. A pasarlo con un montón de subnormales, preferirás pasarlo con alguien de puta madre: tú.


APRENDERÁS QUE YA NO PUEDES BEBER COMO ANTES. 
A los veinte, a falta de respuestas, te bebes hasta el agua de los floreros para olvidarte de las preguntas. A los treinta asumirás que ya no puedes beber así. Ni adelgazar tan rápido. Ni trasnochar demasiado. Ni broncearte con imprudencia. Ni maltratarte tanto el cuerpo, del que ya conocerás sus límites y habrás aprendido a aceptar. Supéralo: Las siestas te entusiasman más que las fiestas. Celébralo con un vino bueno y la cena cara que a los veinte no podías pagar. 



APRENDERÁS A NO VIVIR LA VIDA COMO OTROS ESPERAN QUE LA VIVAS. 
No tendrás por qué agradarle al resto. No tendrás que compartir tus conceptos de vida, amor y éxito con nadie más. Si alguien te juzga, te importará un carajo. Admitirás sin vergüenza que los doritos con ketchup son tu snack favorito y con los huevos bien puestos gritarás que qué Coldplay ni qué niño muerto, tu música feliz es Raphael y que digan lo que digan, digan lo que digan los demás. 



APRENDERÁS QUE EL AMOR NO ESTÁ PARA SUFRIR. 
Pasas toda tu década de los veinte viviendo terremotos amororos nivel ciento siete en la escala de Richter y a los treinta gritarás: PARE DO SUFRIR, más vale bueno por conocer que malo conocido (y siempre con pájaro en mano). Lo entenderás al fin: la gente no cambia, y dejarás de buscar gente "con potencial" para centrarte en aquellos que sean hoy mismo lo que buscas. Reconocerás que quizá no necesitas un príncipe azul de Disney sino un desordenado mental igualito a ti que te quiera como tú necesitas que te quieran. Puntos bonus: Descubrirás que el sexo a los 30 es mucho, mucho mejor.


TE RECONCILIARÁS CONTIGO MISMO. 
Harás las paces contigo y dejarás de luchar contra quien no puedes dejar de ser. Cumplirás treinta, pero no te mentiré: la vida no será más fácil y cambiará más rápido de lo que te puedas permitir reaccionar. Seguirás confundido. La seguirás cagando. Seguirás sin saber quién eres ni qué quieres de la vida, pero eso ya no será más motivo de tristeza. Aceptarás los cambios sin miedo y te despedirás de todos esos lugares a los que ya no puedes volver. Y sí, sentirás envidia de la gente de veinte y de sus vidas invencibles llenas de posibilidades; pero te reconfortarás burlándote de ellos mientras los miras cometer todos y cada uno de los errores que tú ya cometiste.


De culo caído, pero con la frente bien en alto. 

domingo, octubre 27, 2013

Diez primeros besos que tienes que tener antes de morir.

Lo tendrás después de una primera o segunda cita. Habrás llevado a cabo la entrevista de trabajo necesaria para decidir si él es o no subnormal y que esté propiamente ubicado dentro de los límites aceptables de rareza que tú ya habrás establecido anteriormente. ¿De qué vives? ¿Qué te hace feliz? ¿Te suenas la nariz en la ducha? todas preguntas importantísimas. A ti te gustará que él mezcle sin asco lo dulce con lo salado: a él le gustará la separación infantil entre tus dientes.

O quizá te pille por sorpresa una madrugada cualquiera en un bar. A primera impresión él no te gustará nada, pero su conversación te llevará a lugares tuyos que no conocías y por un micromomento, un segundo, sentirás que sólo existe el vínculo que te une a él.

O tal vez lo habrás esperado por semanas, meses, años; de pronto, tendrás sus labios a escasos centímetros y no habrá otra cosa en el mundo que se pueda hacer.

Ay. Los primeros besos.

En tu vida tendrás quiensabecuantos primeros besos. En las épocas en que sufras de monogamia escasearán terriblemente; pero gracias a tu memoria histórica (o histérica) los recordarás casi todos con un cariño especial y adolescente.

Tendrás primeros besos malos. Tendrás peores.

Tendrás primeros besos como un terremoto. Los tendrás como un atardecer.

Tendrás tu cuota de romance y de deseo. Tendrás amor cuando lo has querido y no lo tendrás si así lo has decidido.

Pero hay unos primeros besos indispensables. De esos que te cambian la vida. Son aquellos que tienes que tener antes de casarte (o morir, que para algunos desdichados, viene a ser lo mismo).

Tenlos todos.

Ten un primer beso tímido producto del alcohol adolescente. Dáselo a ese amigo con el que has tonteado, con el que te llevas bien, con el que no sabes qué está pasando. Dáselo al pie de unas escaleras, nerviosa como el carajo, incapaz de sostenerle la mirada. Dáselo porque si no lo haces, te arrepentirás el resto de tu vida.

Ten un primer beso junto a un adiós en la puerta de tu casa. Alarga la despedida lo más que puedas. Despídete, acércate. Despídete, acércate. Te temblarán las piernas. Domínalo. A él le gustará.

Ten un primer beso robado luego de un largo periodo de abstinencia y conviértelo en una cadena eterna de incesantes primeros besos. Primer beso en el bar. Primer beso tumbados. Primer beso de día. Primer beso en la cama. Sé una adicta.

Ten un primer beso producto de una explosión descontrolada de química. Tenlo con un desconocido, y suéltate entera porque sabes que no lo verás nunca más. Aunque quizá sí, y tendrás que aceptar las imprevistas casualidades de la vida.

Ten un primer beso sin química alguna. De física, menos. Dalo con fervorosa devoción. Querrás hacerlo funcionar porque tiene que funcionar. Pero seguro no funcionará.

Ten un primer beso que venga inmediatamente después de una firme agarrada de teta. Para entonces habrás aprendido que el orden de los factores no altera el producto. El producto te intoxicará. Él también.

Ten un primer beso con alguien que te declare su amor eterno y para quien la eternidad dure cinco semanas y media. Supéralo en trece semanas y un día. Aprenderás a no hacerte matemáticas imposibles en la cabeza y a desinstalar rápidamente a los arrancacorazones.

Ten un primer beso que para ti sea sólo un beso y para él sea la vida. No sentirás nada. Él sentirá todo. Él te mandará flores. Tú lo mandarás a la mierda. Repite el beso años después, y siéntelo todo mientras él no siente nada. Naufraguen por años en una serie de destiempos.

Ten un primer beso del que no recuerdes nada. Te lamentarás de haber bebido y tendrás sólo piezas sueltas del rompecabezas de unos labios, una puerta, un escalón. Te lamentarás de no haberlo invitado a tu casa. Él se lamentará de haberte pedido el teléfono y de no llamarte nunca, y cuando se acueste por las noches con su novia de toda la vida, recordará con minucioso detalle tus labios, la puerta y el escalón; esos que tú apenas puedes recordar.

Ten un primer beso y júrate que será el último primer beso de tu vida. Mientras tú haces sacrificios imposibles para que así sea, él besará otros labios porque tú, hija mía, has sido sólo otro par de labios más. 

Hasta que no los tengas todos, no te cases ni te embarques ni de tu casa te apartes.

Porque habrá un día en el que tendrás tu último primer beso. Lo darás bailando, en público, a solas, inmóvil; pero bailando. Con movimientos coordinados en silencio y anticipándose el uno al otro como si no fuera una primera vez. No sabrás que es tu último hasta que pasen los años, muchos, y no te imagines bailando con nadie más.

jueves, octubre 24, 2013

La Fórmula Polystel (o cómo mantenerte joven aunque pasen los años)

Gente que me echa veintiocho años y que cuando se entera que tengo treinta y tres me mira con cara de y cómo haces para no suicidarte del asco, hija. Gente que me pregunta y para cuándo porque quieren exclamar aliviados ya era hora. Gente que me recomienda congelar mis óvulos porque ya sabes, la edad, mayorcita, los relojes, tic tac tic tac. Gente a la que es muy correcto asesinar sin remordimientos, porque mi vida, señoras y señores, no es una democracia.

Gente.

Este año ha pasado algo sorprendente: me he sentido mayor. Por primera vez he sentido que la vida me ha dicho NO a algunas cosas: he visto puertas cerradas que yo no decidí cerrar, y yo, inconscientemente, le he echado la llave a varias cerraduras porque los meandros de la vida me han cansado por dentro. De pronto noto que hay cosas que ya no estoy dispuesta a hacer, y siento que he cambiado: no reconozco a la Mariella de hace diez años y no me siento la Mariella de hace cinco ni de hace uno.

Me he llenado de NOs. Y como sabemos todos, la señal inequívoca de la juventud es que todo, TODO, es un permanente y llano SÍ. 

Así que esta es mi fórmula Polystel. Porque quiero mantenerme joven aunque pasen los años. No te confundas al leerla: está llena de NOs, pero notarás que son corpulentos y encubiertos SIs.

No me tomo mi vida (ni la tuya) demasiado en serio.
No me fijo en la edad de las personas, me fijo en la edad de sus conversaciones. 
Me repito que si la vida es la misma todos los días, no puedo ser yo la misma todos los días.
No pierdo la capacidad de sorprenderme.
Presto atención incluso cuando no debería.
No guardo rencor, aunque me hayan hecho daño.
No creo en dioses ni en culpas, pero confío aún en la bondad de la gente.
Conozco mis defectos, pero camino como si no existieran. 
Soy valiente.
No creo en el destino, pero creo en las coincidencias que te llevan al lugar donde deberías estar.
Levanto siempre la cabeza para que no se me caiga la corona. 
Soy buena. Soy mierda. Y no me arrepiento.
Quiero siempre, y quiero como si nunca me hubieran dejado de querer.
Escribo con el corazón en la mano, los pies en la tierra y la cabeza en las nubes, y este desmembramiento voluntario no duele ni incomoda. 
No propongo el pasado para el futuro.
No tengo escondites.
Me permito perder cosas, porque a veces uno suma más cuando resta. 
Reconozco que la gente llega a mí por las razones equivocadas con los resultados más acertados. 
Sueño.
Decido todas las mañanas no odiar al mundo.
Digo la verdad sin tapujos ni simulacros.
Sigo sin saber muy bien quién soy, y me consuela saber que quizá en veinte años siga sin saberlo.
Y todos los días, aunque me cueste, y aunque las puertas se cierren, y aunque sienta que es tarde, y aunque sienta que me esté equivocando porque me permito equivocarme: procuro hacer más corta la brecha entre lo que hago y lo que soy. Y lo que aún sueño que quiero ser. 

Hay muchos SIs por gritar.
A la gente le grito: Vieja tu abuela.

martes, octubre 15, 2013

Palabras que odio: perder la virginidad (y de por qué la virginidad está sobrevalorada)

Desde que éramos niñas, vestidas con nuestros minivestidos de novia para la primera comunión, nos enquistaron en el cerebro la idea de que la virginidad era una virtud que debía protegerse. Que era algo sagrado y divino que nos ayudaba a mantener el control de nuestra sexualidad. Que nuestra virginidad debía entregarse a alguien importante, único y especial. Muy católicamente, nos inculcaron cristiana culpa por si nos escurríamos del camino y, como quien pierde una lotería con premio, perdíamos la virginidad. O nos masturbábamos. O si mirábamos a algún objeto del deseo con pecaminosa lujuria.

Perder la virginidad. El término en sí mismo implica cosas horribles. Pérdida. Carencia. Desperdicio.

Yo me escurrí del camino de la virtud joven (aunque no tan joven, mamá) con alguien a quien yo no quería. Me gustaban sus labios y nos gustaba comer canchita con chocolate en el cine, y tomarnos de la mano, y rajar duro y con sorna del resto de la humanidad. De amor, nada. No fue una experiencia desagradable, pero tampoco fue mi ideal de lo que, por décadas de décadas, las mujeres tuvieron que aspirar a que sea el día más feliz de sus vidas. Lo hicimos luego de comer pizza en su casa, en el último piso de un edificio altísimo con vistas al mar. La mayor parte del tiempo, entre el descontrol de las sábanas y los besos, estuve deseando fervientemente que terminara ya para poder decir ya no soy virgen, alabado sea dios. Dolió. Sangré. Me quedé a dormir, y a la mañana siguiente nos dijimos poco porque él tenía una reunión muy importante y yo tenía que darle de comer a mi gato inexistente.

Bajé de los cielos hacia tierra miraflorina y caminé los cuatro kilómetros que separaban su casa de la mía, esa mañana fresca a mediados de mayo. Lo único que sentí que había perdido era el estrés adolescente de ser virgen.

Velé a mi virginidad muerta comiendo hamburguesas con tres amigas divinas, despellejándome sin culpa los misterios del corazón. El duelo me duró poco: no volví a pensar en la virginidad nunca más, como si hubiese nacido habiéndola perdido. Nuestro consuelo sexual fue comer pizza juntos unas cuantas veces más salpicadas a lo largo de los años que siguieron, casi siempre entre novio y novio: novios que me dieron sexo obsceno e indoloro y cuyos labios me enamoraron y con quienes ensucié las almohadas con migas y mermelada mientras desayunábamos viendo la tele.

 La pregunta es: ¿Por qué nos inculcan ese miedo desmedido a perder algo que luego no echaremos de menos en lo más mínimo? En serio. Más pena me dio perder a Papá Noel.

Perder la virginidad. Qué término más horrendo que la educación nos ha impuesto. Como si tatuarte el cuerpo, perforarte la piel o quitarte la grasa del culo para ponértela en la cara no te alteraran de una manera más dramática tu esencia original. Como si necesitaras tener sexo para desvirginizarte: yo creo que una deja de ser virgen mucho antes de eso. Es una ausencia que da igual. Es una decisión más, entre las tantas otras (mejores, peores, menos o más desgarradoras) que tendrás que tomar.

Lo que es yo, lo único que tengo miedo a perder es mi iPhone.

miércoles, octubre 09, 2013

De los umbrales, el amor y el dolor

Pasarás la mitad de tu niñez entre clínicas y hospitales. Serás la última hija de un matrimonio de médicos quienes tendrán la ilusión de que, a base de ósmosis, te conviertas en uno de ellos, luego de haber sido decepcionados por tu hermano mayor economista y tu hermana mayor traductora. Desprovista por completo de aptitud para la ciencia, procederás a decepcionarlos una vez más y te convertirás en publicista. 

Crecer en un ambiente científico te hará creer que el mundo funciona con mecanismos rigurosos y exactos. Lo demostrarás jugando a las ligas, donde tu torpeza se las cobrará en repetidas ocasiones con tus rodillas. Aprenderás que si un suelazo te hace daño, las rodillas dolerán —a manera de reflejo—, y así te volverás mejor jugando a las ligas para evitar futuros y dolorosos suelazos. En casa nunca faltarán los ibuprofenos y los paracetamoles, y creerás siempre que el dolor es previsible, manejable y suprimible de un hachazo.

Pero un dia te enamorarás.

Te lo habrán advertido todas las telenovelas mexicanas de Canal Cuatro y todas las canciones románticas de Studio 92 (No Salsa): amar duele. Amar y que no te amen, dejar de amar, amar y que te amen pero no poder amarse, que te digan que te aman pero que no te amen… duele. Pero amarás. Ni cien ibuprofenos serán capaces de curar el colosal dolor que aquel primer atropello amoroso significará: serás incapaz de prevenir las subsiguientes colisiones en cadena y te cagarás en todo aquello que aprendiste sobre los mecanismos, los estímulos y los hachazos.

Y gritarás que duele, y que el dolor es cualquier cosa que tu digas que sea, y existe cuando tú dices que existe. Y te preguntarás: En un universo sin analgésicos para el amor, ¿Cuál es tu umbral del dolor? 

Volverás a tus momentos dolorosos. Te recordarás nuevamente en el patio del colegio jugando a las ligas, con las rodillas ensangrentadas, latiendo y dormidas; poniéndote de pie, tenaz, y volviendo a saltar; plenamente confiada en que al siguiente salto pisarás bien, y no caerás. 

Y pensarás que el corazón es así: se estira, se rompe, se desforma, se deshace y ama, porque él y su eterna y maldita esperanza confían en que luego del sufrimiento el mundo será indoloro. Que te volverás mejor. Y confiarás en que tu umbral del dolor frente al amor sea altísimo y que vaya en proporción directa con el tamaño de tus esperanzas. Y decidirás tener grandes esperanzas. Resistirás resignada el via crucis emocional. Seguirás amando, sin analgésicos, confiando en mañana.



 Y pasará una de dos cosas: o tendrás un final feliz como en las novelas mexicanas, o tu corazón elástico cederá y se romperá. Porque hasta el mejor elástico se vuelve plástico y se quiebra cuando es sometido a fuerzas extremas. Y no sabrás qué pasará hasta que pase.

 Y será MA-RA-VI-LLO-SO.


martes, octubre 01, 2013

Diez cosas inevitables sobre las que nadie podrá aconsejarte (porque no serviría de nada)

Laura me tentó a leer este artículo donde la autora se almuerza a todos los consejos de Glamour y Cosmopolitan que nos dicen lo felices que seremos cuando logremos los abdominales de Beyoncé, los brazos de Madonna y glorioso sexo tántrico 35 veces por semana.

Hasta ahí todo bien: no hay que seguir los consejos de los demás para una vida feliz. Sin embargo, la autora luego nos encaja unos cuantos consejos propios, a mi parecer, más difíciles de lograr que los de los abdominales. ¿Practicar la gratitud? ¿Ser amable? ¿Dejar de hacer tonterías? Con lo malo que es ser bueno, ¿en qué mundo puede ser uno así de samaritano? ¿Y quién te dice que a mí no me haría más feliz tener los abdominales de Beyoncé que ser amable con tanto idiota suelto por ahí?

No culpo a la autora. A quien no le guste meter su cuchara de consejos en donde quepa, que tire la primera piedra. Es fácil: remendamos nuestra experiencia para que parezca que algo hemos aprendido y nos sentimos considerablemente mejor sobre nuestras equivocaciones pasadas. Regalar consejos es como heredar tus zapatos viejos: les limpias el barro de las suelas, los lustras para disimular las marcas y esperas que quien se los calce camine erguido.

Soy malísima aconsejando y me importan un carajo las consecuencias. La mitad de las cosas que nos pasan son fruto del azar, y la otra mitad son cosas inevitables que nos pasarán a todos y ningún consejo serviría de salvoconducto. Estas son las diez cosas por las que, en mi torpe experiencia, tendrás que pasar sin consejos ni chaleco antibalas:

1. TE EQUIVOCARÁS. 
Una y otra vez. Llegaban todos los 31 de diciembre y mientras la gente se abrazaba y se deseaba cosas bonitas yo cerraba los ojos como una cojuda jurándome por dios y por la patria que el año que venía la cagaría menos que el que pasó. Pero la seguí cagando, y la cagarás tú también. 

2. TE DARÁS CUENTA DE QUE NO ERES TAN ESPECIAL COMO CREES. 
Y te sentirás una más en la calle y en la vida de casi todo el mundo. Pero notarás ligereza en los hombros y libertad en el alma. 

3. TE ROMPERÁN EL CORAZÓN. 
Un martes cualquiera, sin simulacros ni preaviso. Te lo dejarán roído como el juguete de un perro, pero el corazón es como la hierba mala: aunque no lo quieras para nada, siempre crece de nuevo en tu jardín. Y te lo romperán de nuevo. 

4. TÚ ROMPERÁS OTRO. 
He roto corazones. He sido infiel. He sido la otra. Y no me ha importado nada. Y me he sentido bien al respecto. Te sentirás bien también. 

5. ABORTARÁS. 
Un hijo. Un amigo. Una promesa. Quizá lo planifiques, quizá te sorprenda en medio de la tarde. Pero siempre, siempre, te preguntarás cómo hubiera sido tu vida si no lo hubieses perdido. 

6. TOMARÁS UNA DECISIÓN Y CAMBIARÁ TU VIDA PARA SIEMPRE. 
Cambiarás de supermercado. Cambiarás de código postal. Tomarás una decisión intrascendente y te conducirá a un lugar desconocido donde te transformarás de una manera que ahora mismo eres incapaz de comprender. 

7. MENTIRÁS. 
Yo me creí mis mentiras, modifiqué mi pasado y justifiqué mis cagadas porque era la única manera de sobrellevar incólume mi presente. Y no te arrepentirás. 

8. CAMBIARÁS PARA SIEMPRE LA VIDA DE ALGUIEN. 
Yo no lo supe hasta años después, cuando esa persona me dijo que mi carajeo lo impulsó a tomar sus grandes decisiones. Y me sentí responsable de lo bien (y lo mal) que le salió la vida. 

9. TE SENTIRÁS SOLO. 
Y desesperanzado. Y triste. Y escucharás música poco digna y te autocompadecerás a menudo. Pero un día despertarás y sabrás que ya fue suficiente. 

10. LA OPINIÓN DE LOS DEMÁS DEJARÁ DE IMPORTARTE. 
El día que grité que mi vida no era una democracia y me cagué en las opiniones del resto fue el mismo día en que me sentí, por primera vez, muy mayor. Perderás amigos. No te importará. 

Y te harás mil preguntas. Pedirás consejo. Si algún día me lo pides a mí, como un San Agustín postmoderno te daré el único que soy capaz de dar: no jodas, y haz lo que quieras. 

 Porque mis zapatos viejos sólo me los pongo yo.

jueves, septiembre 19, 2013

Carta abierta a mi madre, y del azar y la felicidad

Hola, mamá. 

No me voy a casar ni voy a tener hijos. 
- pausa trágica - 
Para explicarte por qué, déjame hablarte de la suerte. 
De la suerte y el azar. 



Encontrar con quien compartir tu vida, mamá, es producto de la suerte. 
No lo encuentran los más guapos. 
Ni los más inteligentes. 
Ni los que lo andan buscando con ahínco desde los quince años. No
La gente lo encuentra con suerte. Y no me refiero a la suerte en el sentido de buena fortuna: me refiero a la suerte en el sentido de azar. Tú, mamá, lo conoces bien: ell azar que lo llevó a él a fallar dos veces el examen de ingreso a la universidad. El azar que, al aprobar, lo obligó a sentarse a tu lado en clase una mañana de marzo. El azar que lo llevó a ser, cincuenta años después, el hombre a quien llamo papá. Encontrar con quien compartir cama y la cena hasta la vejez es fruto de esa suerte. De esas casualidades. De ese encadenamiento de sucesos fortuitos, en apariencia inconexos y que nos llevan a donde estamos ahora.

Pero tranquila: no declaro categóricamente mi soltería ni me cierro a la posibilidad de reproducirme. 
Sólo te informo que prefiero vivir pensando que el azar no me llevará por ese camino. No iré al bar donde me esperará esa persona que encuentre entrañables mis manías y paranoias. No entraré a una clase donde compartiré carpeta con ese alguien que se ría de mis chistes malos y a quién le enamore mi risa espantosa. No me encontraré en un ascensor con ese chico a quien también le gusten los paseos largos, las tardes de pelis, los libros en silencio y acompañados en la cama. Hombres no han faltado ni faltarán, ni bares, ni risas, ni camas (por favor, ¡camas!). Pero el haber comprendido que el destino es en gran parte aleatorio (y que mi vida no es una democracia participativa) ha hecho que mágicamente toda esa tiranía del matrimonio y el reloj biológico y el terror a acabar sola haya pasado a importarme un verdadero carajo. 



No me digas ahora que qué cosas pienso y que me merezco a un gran hombre y que encontraré a alguien. No me digas que mi alma gemela está a la vuelta de la esquina esperándome, mamá.  Prefiero vivir pensando que, muy á la Rolling, la vida me sorprende con lo que necesito y no necesariamente con lo que merezco. La protagonista de esta historia soy yo. Soy Batman. Y el que no exista un Robin no desmerece en nada la calidad de mi vida. No pienses que me he vuelto una triste: creo en el amor. Creo en él y creo superlativamente, inmensamente, absolutamente. Más que nunca, mamá. Pero creo que es un asco de vida esperar a que el amor sea la única forma de felicidad que me defina. 

Si por azar me encuentra alguien que quiera formar parte de la maravillosa vida que me estoy montando y yo le dejo, bienvenido sea. Si vienen uno, dos, tres o diez hijos y yo los quiero, pues te daré uno, dos, tres o diez nietos. Y lo disfrutaré mientras dure, y me ilusionaré mientras pueda. He decidido no felicitarme mucho por las cosas que me suceden ni castigarme por las que me dejan de pasar. La mitad de lo que me pasa es fruto de las casualidades: así es mi vida y la de todo el mundo. Y desde que lo sé, mamá, soy muy feliz. 


Tu hija
que a los treinta y tres
ha nacido de nuevo
y tiene por delante una vida
de puta madre.